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7/6/14

Huellas literarias XXXVIII






Por veredas de sueño y habitaciones sordas
tus rendidos veranos me acechan con sus cantos.
Una cifra vigilante y sigilosa
va por los arrabales llamándome y llamándome,

pero qué falta, dime, en la tarjeta diminuta
donde están tu nombre, tu calle y tu desvelo,
si la cifra se mezcla con las letras del sueño,
si solamente estás donde ya no te busco.



Julio Cortázar,
Objetos perdidos.

23/6/13

Balazos



            En las noches de tormenta, imagino tu corazón atravesado por decenas de balas y emergiendo de él negras mariposas que vuelan al son de tus parpadeos incrédulos. En las noches de tormenta, imagino unas frías manos cosiéndote las heridas, y unos labios recogiendo mariposas en el aire. Pero esas manos no son mías, ni míos esos labios, ni mío tú. Y yo tuya sí.

Pero yo…



5/6/13

Me duele verte, amanecer






            Despuntaba el alba, pérfida condena. Jamás el clarear del cielo por encima de los árboles había sido tan amargo. Mis ojos evitaron recrearse en la figura desnuda que dormía a mi lado, de la bella mujer que había amado cada noche, a cada instante. De haber repasado su rostro durmiente con la mirada, como cada mañana, habría renegado de mi destino, mi desdicha, y creado una fortaleza bajo esas sábanas que anoche nos vieron sudar y amarnos, donde nadie jamás pudiera encontrarnos.

            Aún me maldigo a mí mismo por haber tenido la fuerza de voluntad suficiente como para alejarme de ella y acudir al campo de batalla, aciago cementerio. Jamás debí confundir mi voluntad con la de aquéllos, espectadores de mi muerte desde lo alto de la muralla, a buen resguardo. Malditos bastardos. No, maldito yo, que me separé de ella y de su abrazo. Recuerdo que me senté en el borde del lecho, cerré los ojos, y esperé. Esperé que el tiempo se detuviese, que las guerras cesasen, que los pendones blancos se alzasen sin salpicaduras de sangre. Mi sangre. Pero cuando abrí los ojos seguía allí, con el sol anunciando la hora de mi desgracia, cada vez más inmediata.

            Jamás vestir mi armadura fue tan doloroso. Mis manos, curtidas ya en batallas y en años, como las de un muchacho inexperto temblaron cuando quise cubrir mi desnudez, otrora suya, de la mujer que dormía a mi lado. Ella, gracias a los dioses, no conocería nunca la sensación de vestirse sabiendo que moriría con esas mismas prendas. Ojalá jamás le abandonase el sueño, ojalá no despertase nunca y permaneciese ajena a esta pesadilla de la que yo era protagonista. Como en un memorizado y doloroso ritual, comencé a vestirme; primero el calzón, las calzas y la saya interior, prendas ligeras que me alejaban de la desnudez que ella tanto amaba. El gambesón por encima, que amortiguaría los golpes en un intento por alejarme de una muerte que ya me besaba la nuca. Tomé por entonces la cota de malla y la observé entre mis manos, jamás me había parecido tan pesada, y es que no era el acero sino mi contraria suerte lo que me abatía. En ese instante unas manos me sorprendieron al acariciarme la espalda, y al volverme me encontré con la oscura mirada de mi amada; ella, con serio semblante y frío el corazón, tomó la cota de malla entre sus manos y me ayudó a ponérmela por encima de la saya. Y así, en completo silencio, compartió conmigo la dolorosa tarea de vestir a un soldado, un hombre que daría su vida por una guerra que no le pertenecía. La sobreveste por encima de la cota portaba el escudo real hilado en el pecho, sobre el corazón, pero el mío sólo le pertenecía a ella y su dulce cantar. Como leyéndome el pensamiento, mi amada repasó el escudo con la mirada para después posar su mano sobre éste; a pesar de que no podía notar mis acelerados latidos por las numerosas capas que portaba, supo que aquel nervioso latir no nacía del miedo a la batalla sino del temor a una despedida. Sus finos labios se arquearon en una forzada sonrisa que me dio más fuerza de la que jamás podría haberme inspirado un grito de guerra. Me puse el cinto de cuero a la altura de la cintura con el doloroso pensamiento de que jamás serían sus piernas las que me abrazarían; cada prenda me alejaba un poco más de ella, más de lo que ningún caballo al galope podría lograr. Mi amada me tendió los guantes de malla que protegerían mis manos en la batalla, pero antes de renunciar a cualquier atisbo de humanidad, recorrí su fino y pálido rostro con las yemas de mis dedos en una suave y cálida caricia, mientras ella entrecerraba los ojos y se dejaba hacer. No podía creer, cruel destino, que jamás volvería a verla, que jamás volvería a anidar en su pelo, mi ansiado refugio.

El sol descansaba en lo alto, ya nacido; era la hora. Libré mil batallas, pero ninguna fue tan mortal como la de retener las lágrimas que me colmaban estos ojos que sólo querían recrearse una vez más en su sonrisa clara, en su mirada ausente. Ella, la mujer más fuerte que jamás conocería en vida, encontró la serenidad de la que yo flaqueaba para darme el escudo y la espada. Pero yo, amada mía, tan sólo necesitaba tu recuerdo latiendo en mi memoria para destronar a los monstruos de debajo de tu cama.

Recuérdame, amor. Recuérdame como aquel hombre que te protegió en las gélidas noches de invierno y que te acunó entre sus brazos cuando el sueño se escapaba de entre tus dedos. Recuérdame, cuéntale a la simiente que crece en tu interior que un día tuvo un padre honrado que libró mil y una batallas para proteger tu sonrisa. Recuérdame, porque así seguiré vivo, contigo. No me dejes ir; recuérdame.

13/10/12

Huellas literarias XV

“Me alegro, porque es posible, y subrayo posible, que ese momento no llegue nunca, que no te enamores, que no quieras ni puedas entregarle la vida a nadie y que, como yo, cumplas un día los cuarenta y cinco años y te des cuenta de que ya no eres joven y que no había para ti un coro de cupidos con liras ni un lecho de rosas blancas tendido hacia el altar, y la única venganza que te quede sea robarle a la vida el placer de esa carne firme y ardiente que se evapora más rápido que las buenas intenciones, y que es lo más parecido al cielo que encontrarás en este cochino mundo donde se pudre todo, empezando por la belleza y acabando por la memoria”,

El juego del Ángel,
Carlos Ruiz Zafón.



7/7/12

Huellas literarias X | Heridas de guerra


Dime desde allá abajo
la palabra te quiero.
¿Hablas bajo la tierra?

Hablo con el silencio.
¿Quieres bajo la tierra?

Bajo la tierra quiero
porque hacia donde corras
quiere correr mi cuerpo.

Ardo desde allí abajo
y alumbro tus recuerdos.

Miguel Hernández.

***

            Hace más de tres años que no te tengo. “Ya ha pasado todo. Ya se ha ido” me dijeron con una sonrisa que intentaba calmarme y consolarme a la par, sin éxito. Todo lo contrario. Fue un soplo de aire helado, una fortísima ola chocando contra una roca diminuta e indefensa. Sé que estarías orgulloso de mí, y eso es lo que me hace sonreír cuando te recuerdo, aunque sea entre lágrimas.