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23/6/13

Balazos



            En las noches de tormenta, imagino tu corazón atravesado por decenas de balas y emergiendo de él negras mariposas que vuelan al son de tus parpadeos incrédulos. En las noches de tormenta, imagino unas frías manos cosiéndote las heridas, y unos labios recogiendo mariposas en el aire. Pero esas manos no son mías, ni míos esos labios, ni mío tú. Y yo tuya sí.

Pero yo…



4/2/13

No sé qué soy

            Soy el periódico que hojeas cada mañana en el tren y después dejas tirado en el asiento. Soy el resto de posos de tu café matutino, y el único mordisco que le das a la tostada (benditos mordiscos). Soy ese charco que pisas al cruzar la calle y que te salpica los pantalones, pero tendrás que perdonarme porque es mi única venganza posible. Soy esa canción que cambias antes de que concluya, y el auricular que cae cuando tú te balanceas. Soy la toalla que te seca cuando sales de la ducha y el pañuelo guardián de tus lágrimas. Soy esa sonrisa de medio lado que te arranca la chica del tren. Soy el último gemido después de tus orgasmos y la primera oleada de calor cuando entras en acción. Soy la última palabra. Soy la primera frase de un libro cualquiera, mis pestañas revolotean con cada tilde. Soy el agónico nudo en tu garganta. Soy tu madrugar y la última vuelta en la cama antes de levantarte. Soy ese mensaje tan esperado que te hace dar un brinco desde la cama para verme (pero cuidado, sólo soy publicidad engañosa).

Soy tu despertador.
No hay nada más horrible que un despertador.

26/10/12

Señor X



Todos los días, de vuelta a casa desde la universidad, me cruzo con el mismo hombre. Siempre en el mismo tramo de calle. Él va y yo vuelvo. Es curioso cómo puedes llegar a coger cariño a gente de la que tan siquiera conoces el nombre, aunque quizás ahí resida la magia; estoy convencida de que, si supiésemos vida y milagros de los que nos rodean, nos habríamos sacado los ojos mutuamente hace siglos. En ese sentido quizás la felicidad resida en la ignorancia.

Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que no sé cómo se llama, ni qué edad tiene, ni nada. Calculo que tendrá cerca de treinta años. No es muy alto, de hecho no supera mi metro setenta. No tiene un cuerpo escultórico, más bien es fornido y con cierta curvita de felicidad cervecera en la barriga. Su cuerpo me recuerda al de un amigo de Gijón, si le quitásemos la cabeza como a un Playmobil sería él, aunque con quince años menos. Lo que me hizo fijarme en el Señor X (llamémosle así) fue su parecido al cantante de Sôber, Carlos Escobedo; como él, tiene la cabeza rapada y una bonita y poblada perilla debajo de los labios. Sé que de no haber sido por ese detalle seguramente sería un desconocido más con el que me cruzo a diario, pero ahora es mi desconocido. El Señor X solía llevar unas gafas de sol hasta ayer, cuando comprobé que tiene unos ojos oscuros como el café. Lleva un aro en la oreja izquierda que le da un toque más “heavy”, y suele vestir vaqueros con camisas oscuras y una chaqueta de cuero negra. Me gusta su forma de vestir tan sencilla.

No sé nada de él. Absolutamente nada. Sólo sé que compartimos el mismo camino cada día y alguna mirada discreta. Me pregunto muchas cosas sobre él: ¿Le gustará más la carne o el pescado? ¿Playa o montaña? ¿Tendrá problemas familiares? ¿Cuáles serán sus aficiones, será gamer, freak, o alguna otra designación inglesa? ¿Tendrá gatos? No, le pega más un perro. Un perro robusto, como él. ¿Cómo se llama? Él, no el perro.

En realidad no quiero saberlo. No quiero saber nada de él. Quiero que siga siendo mi desconocido hasta que un día dejemos de cruzarnos y nos olvidemos el uno del otro. Señor X, si me lees, quiero que sepas que mis ojos te desean un buen día cada vez que se cruzan con los tuyos.