17/9/12

Obligaciones

            Las volutas de humo serpenteaban sobre la cabeza de la muchacha, quien se comía las uñas de los mismos dedos con los que sujetaba un cigarrillo a medio consumir. Su mirada ambarina, perdida en la inmensidad blanca que la reconfortaba mientras esperaba, sugería el ir y venir de unos pensamientos no demasiado agradables. Su gesto era apático y serio, cada vez que daba una calada dejaba caer un suspiro de cansancio con el humo que acariciaba el interior de su esbelta garganta. La boquilla estaba manchada del carmín de sus golosos labios; para la ocasión había elegido un sugerente picardías negro a juego con su ropa interior y tal que estaba sentada desvelaba unos pálidos muslos que pedían ser lamidos. Sus bucles de color carmesí caían por sus hombros libremente, cual tupido velo que deja entrever la maravillosa forma de un cuello de cisne. La mujer miró el reloj pendido de un punto invisible en aquella enorme sala, donde esperaba sujetando en su regazo papel y un bolígrafo.

            Y por fin la puerta de su mente se abrió. Los pasos arrastrados del hombre auguraban malas noticias. Cuando llegó a la altura de la mujer, los ojos de él se cruzaron fugazmente con los de su Musa antes de que los apartase mientras se desvestía.

—¿Otro duro día de trabajo? —inquirió ella tras dar la última calada, dejando que el humo ascendente ocultase unos instantes su perlado rostro.

            El hombre asintió sin tan siquiera mirarla mientras tomaba asiento en el suelo y comenzaba a desabrocharse los zapatos. Odiaba su trabajo, odiaba tener que exprimir sus horas libres en preparar su jornada para el día siguiente; recordaba con anhelo aquellos días tan maravillosos en los casi a diario su Musa, la misma que estaba sentada frente a él, le visitaba para guiar su mano en la creación de nuevas historias que compartir, o simplemente poder acariciar vagamente el buen sabor de la creación literaria a altas horas de la madrugada, cuando el cuerpo sólo pedía descanso. Sus recuerdos eran heridas abiertas que escocían cada vez que miraba a aquella mujer sin poder satisfacerla, sabiendo que estaba ahí pero sin tener tiempo para amarla como ella intentaba amarle a él.

—Ya veo. Hoy tampoco tienes tiempo para mí, ¿no?

—Tengo cosas que hacer.

—¿Crees que voy a esperarte para siempre?

            Pero él no respondió, nunca lo haría. Los ojos de la muchacha brillaban por las lágrimas contenidas, pero él sólo quería descansar sin dejarse hacer por ella. La Musa, que tanto tiempo había compartido con él, se alejó de su mente a paso lento. Jamás volvería a visitarle para dejarse hacer entre las habilidosas manos del escritor, ni le dejaría saborear los minutos de gloria tras releer sus propias letras. “A ver si el trabajo la chupa tan bien como yo”, pensó.



“No tenía miedo a las dificultades: lo que la asustaba era la obligación
 de tener que escoger un camino. Escoger un camino significaba abandonar otros”,
Paulo Coelho.

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