Las volutas de humo serpenteaban
sobre la cabeza de la muchacha, quien se comía las uñas de los mismos dedos con
los que sujetaba un cigarrillo a medio consumir. Su mirada ambarina, perdida en
la inmensidad blanca que la reconfortaba mientras esperaba, sugería el ir y
venir de unos pensamientos no demasiado agradables. Su gesto era apático y
serio, cada vez que daba una calada dejaba caer un suspiro de cansancio con el
humo que acariciaba el interior de su esbelta garganta. La boquilla estaba
manchada del carmín de sus golosos labios; para la ocasión había elegido un
sugerente picardías negro a juego con su ropa interior y tal que estaba sentada
desvelaba unos pálidos muslos que pedían ser lamidos. Sus bucles de color
carmesí caían por sus hombros libremente, cual tupido velo que deja entrever la
maravillosa forma de un cuello de cisne. La mujer miró el reloj pendido de un
punto invisible en aquella enorme sala, donde esperaba sujetando en su regazo
papel y un bolígrafo.
Y por fin la puerta de su mente se
abrió. Los pasos arrastrados del hombre auguraban malas noticias. Cuando llegó
a la altura de la mujer, los ojos de él se cruzaron fugazmente con los de su
Musa antes de que los apartase mientras se desvestía.
—¿Otro
duro día de trabajo? —inquirió ella tras dar la última calada, dejando que el
humo ascendente ocultase unos instantes su perlado rostro.
El hombre asintió sin tan siquiera
mirarla mientras tomaba asiento en el suelo y comenzaba a desabrocharse los
zapatos. Odiaba su trabajo, odiaba tener que exprimir sus horas libres en
preparar su jornada para el día siguiente; recordaba con anhelo aquellos días
tan maravillosos en los casi a diario su Musa, la misma que estaba sentada
frente a él, le visitaba para guiar su mano en la creación de nuevas historias
que compartir, o simplemente poder acariciar vagamente el buen sabor de la
creación literaria a altas horas de la madrugada, cuando el cuerpo sólo pedía
descanso. Sus recuerdos eran heridas abiertas que escocían cada vez que miraba
a aquella mujer sin poder satisfacerla, sabiendo que estaba ahí pero sin tener
tiempo para amarla como ella intentaba amarle a él.
—Ya
veo. Hoy tampoco tienes tiempo para mí, ¿no?
—Tengo
cosas que hacer.
—¿Crees
que voy a esperarte para siempre?
Pero él no respondió, nunca lo
haría. Los ojos de la muchacha brillaban por las lágrimas contenidas, pero él
sólo quería descansar sin dejarse hacer por ella. La Musa, que tanto tiempo
había compartido con él, se alejó de su mente a paso lento. Jamás volvería a
visitarle para dejarse hacer entre las habilidosas manos del escritor, ni le
dejaría saborear los minutos de gloria tras releer sus propias letras. “A ver
si el trabajo la chupa tan bien como yo”, pensó.
“No tenía miedo a las dificultades: lo que la
asustaba era la obligación
de tener que escoger un camino. Escoger un camino significaba abandonar otros”,
de tener que escoger un camino. Escoger un camino significaba abandonar otros”,
Paulo Coelho.
Me leo entre tus líneas.
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