Lo
más doloroso es volver a la rutina de poner un solo plato en la mesa o hacer
comida para uno. Que no haya nadie que te coja la cintura de forma traviesa
cuando estiras las sábanas, o al que decir “abre las ventanas, que huele a sexo”.
Es esa amarga sensación de notar que te falta una mano que sujetar cuando
caminas por la calle, o que la ducha se te queda grande. Es como… joder, le
echo de menos. Y eso.
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