“El sexo es lo más
divertido que se puede hacer sin reír”,
Woody Allen.
Woody Allen.
Eran
las 08:32 cuando Judith cogía el tren en Atocha de camino a la universidad.
Muerta de sueño como iba, pues últimamente no dormía demasiado bien, avanzó en
el interior del vagón recibiendo codazos, empujones y golpes de desconocidos
con vidas demasiado ocupadas como para percatarse de la joven de no más de
veinte años. El tren cerraba las puertas cuando la muchacha llegaba al final
del primer vagón, donde solía sentarse siempre aunque en aquella ocasión no
tuvo suerte, de hecho había tantísima gente que, como diría ella, “si dejaba
caer un alfiler se pinchaban diez”. Con una mueca de fastidio Judith buscó un
hueco frente a los tres asientos que quedaban de cara al cristal del vagón,
algo más alejada del pasillo donde se aglomeraban estudiantes, trabajadores o
turistas. Con un jadeo metálico el tren emprendió la marcha hacia una nueva
estación, y Judith no tuvo más remedio que aferrarse a la barra sobre su cabeza
para evitar un traspié inesperado, aunque estando tan encajonada entre la
multitud habría sido casi imposible caerse.
La
muchacha se relamió para humedecerse los labios cortados por el frío, estaba
absorta mirando su propio reflejo en el cristal del vagón. A esas horas nadie
más existía para ella salvo sí misma. Con su mano libre se atusó un instante
los bucles azabaches tras su oreja, momento en el que dio un respingo al sentir
unos labios besando su vientre. Observó con una mezcla de incredulidad y
fascinación cómo el muchacho que estaba sentado delante de ella había sucumbido
a la tentación de la piel que quedó expuesta al alzar Judith el brazo y, por
ende, arrastrar su chaqueta y el jersey por encima del inicio de los
pantalones. Él, que no debía tener muchos más años que ella, alzó la mirada
oscura hacia ella al sentirla estremecer bajo los labios, que recorrían la
forma de su cadera bajo la piel inmaculada y pálida. Judith se imaginó
gritándole en mitad de la muchedumbre y alejándose con paso decidido hasta otro
vagón, pero no tuvo el valor de inmutarse porque en su interior sabía que ya se
había rendido a las caricias del desconocido. De sus finos labios salió un
ligero gemido, sentía su piel erizarse al paso de aquellos labios furtivos que
parecían conocerla mejor que sí misma; nadie se percató cuando el muchacho la
cazó de las caderas con ambas manos, tomándose ya cualquier licencia, para
atraerla hacia sí más si cabía y dejarla un mordisco pícaro en su bajo vientre.
El muchacho clavó sobre ella su intensa mirada mientras con la nariz alzaba la
ropa de Judith hasta llegar al ombligo, dejando un reguero de saliva a su paso
con la lengua. A esas alturas ella ya estaba desbordada, sus mejillas ardían y
sentía el cosquilleo cálido en su entrepierna. Por unos segundos alzó la mirada
para observarse a sí misma en el reflejo del cristal; la gente estaba absorta
en sus propios asuntos y era totalmente ajena a lo que pasaba entre Judith y
aquel desconocido. Pronto la muchacha cerró los ojos sin poder reprimir un
gemido de placer cuando la mano de él descendió hasta tomarla el trasero con
fuerza, siguiendo hacia interior de sus muslos y aventurándose en un camino
ascendente dolorosamente lento.
“Próxima
parada: Sol” sonó por megafonía en el vagón, pero Judith no escuchó nada, tan
sólo el eco del bombear frenético de su corazón. La lengua del desconocido
bañaba el ombligo de la muchacha entre mordiscos y húmedos besos, y finalmente
la joven se estremeció entre sus brazos cuando la mano alcanzó su sexo por
encima de los vaqueros, aquella leve caricia la hizo perder cualquier atisbo de
cordura que a esos instantes pudiese quedarla. Ya no le importaba que pudiesen
verlos ni el qué dirán; el tren frenaba cuando Judith soltó la barra sobre su
cabeza y se desabrochó los pantalones. El muchacho observó el agresivo descender
de la cremallera ante él, le estaba invitando a visitar su interior tras
aquella lencería negra que tan provocativa le resultó. Judith se quedó atónita
cuando, al abrirse las puertas del tren, el muchacho dejó un último mordisco en
su vientre, se alzó y, dedicándole una última mirada, se alejó por el vagón
hasta salir a las vías y ascender por las escaleras mecánicas a paso raudo.
Allí, con las mejillas sonrojadas y la mirada prendada en su figura al alejarse,
Judith sólo pudo pensar si volvería a verle.
uff, vaya relato, excitante al maximo, me rio yo de la fama del 50 sombras de Grey...
ResponderEliminar@eimpar
Vaya...
ResponderEliminarRINCONES
Un ligero vaivén me arranca
del sueño (¿soñaba?)
mientras oigo rechinar
el hierro sobre los raíles.
Otra estación,
un rincón de mundo más.
Las puertas, las pisadas,
las voces, las puertas.
Me inclino hacia delante.
Un rincón de mundo menos.
Fijo la mirada en el cristal
y tu reflejo se me clava
en los ojos y en los párpados
que se cerraban (que vuelvo a abrir).
Una curva suave
me acompaña hacia la izquierda
y a dos metros de distancia
recorro tu perfil
inmaculado.
Llega la recta
y vuelvo al cristal
(no transmite el calor
de tu piel,
ni el color,
ni el olor
que imagino)
antes de sentir que
mi espalda se aprieta
contra el asiento.
Intuyo un movimiento
de tus manos sobre el bolso
y mi corazón se acelera.
No bajes,
te grito desde el fondo
de mi alma.
Y te vuelves hacia mí
(¿me has oído?)
mientras sacas una libreta
que repasas distraída
–¿te distraigo yo?–,
y yo te leo los labios
y el cabello,
al ritmo del arranque del tren;
esta vez, entregado a la inercia,
me reclino sobre la bolsa,
y persigo la cadena
que se pierde entre
tu cuello y tu vestido.
Vuelvo al cristal:
sigues ahí,
escribiendo notas,
tachando citas
–aún no tenemos una;
quizá la hayas borrado
sin siquiera anotarla–
y te miro, asustado,
desde este lado del espacio.
La próxima parada
es la mía.
¿Bajas?
Te pido, entre
latidos desenfrenados,
desde mi silencio.
Levantas la mirada
y (creo) medio sonríes
mientras cierras la agenda
y la guardas:
me has oído,
lo sé
porque he intuido la respuesta
en tu sonrisa.
Ya se quejan las ruedas
sobre las vías.
Un vaivén, de nuevo, me sacude
y (esta vez, sí) despierto.
Me levanto y me dirijo a las puertas
que se abren entre pisadas y voces.
Una última mirada fugaz
al asiento donde te amaba
(donde nunca estás)
y bajo al andén
de este rincón de mundo
en el que sueño.