13/11/12

Trenes en hora punta [+18]

“El sexo es lo más divertido que se puede hacer sin reír”,
Woody Allen.



            Eran las 08:32 cuando Judith cogía el tren en Atocha de camino a la universidad. Muerta de sueño como iba, pues últimamente no dormía demasiado bien, avanzó en el interior del vagón recibiendo codazos, empujones y golpes de desconocidos con vidas demasiado ocupadas como para percatarse de la joven de no más de veinte años. El tren cerraba las puertas cuando la muchacha llegaba al final del primer vagón, donde solía sentarse siempre aunque en aquella ocasión no tuvo suerte, de hecho había tantísima gente que, como diría ella, “si dejaba caer un alfiler se pinchaban diez”. Con una mueca de fastidio Judith buscó un hueco frente a los tres asientos que quedaban de cara al cristal del vagón, algo más alejada del pasillo donde se aglomeraban estudiantes, trabajadores o turistas. Con un jadeo metálico el tren emprendió la marcha hacia una nueva estación, y Judith no tuvo más remedio que aferrarse a la barra sobre su cabeza para evitar un traspié inesperado, aunque estando tan encajonada entre la multitud habría sido casi imposible caerse.

            La muchacha se relamió para humedecerse los labios cortados por el frío, estaba absorta mirando su propio reflejo en el cristal del vagón. A esas horas nadie más existía para ella salvo sí misma. Con su mano libre se atusó un instante los bucles azabaches tras su oreja, momento en el que dio un respingo al sentir unos labios besando su vientre. Observó con una mezcla de incredulidad y fascinación cómo el muchacho que estaba sentado delante de ella había sucumbido a la tentación de la piel que quedó expuesta al alzar Judith el brazo y, por ende, arrastrar su chaqueta y el jersey por encima del inicio de los pantalones. Él, que no debía tener muchos más años que ella, alzó la mirada oscura hacia ella al sentirla estremecer bajo los labios, que recorrían la forma de su cadera bajo la piel inmaculada y pálida. Judith se imaginó gritándole en mitad de la muchedumbre y alejándose con paso decidido hasta otro vagón, pero no tuvo el valor de inmutarse porque en su interior sabía que ya se había rendido a las caricias del desconocido. De sus finos labios salió un ligero gemido, sentía su piel erizarse al paso de aquellos labios furtivos que parecían conocerla mejor que sí misma; nadie se percató cuando el muchacho la cazó de las caderas con ambas manos, tomándose ya cualquier licencia, para atraerla hacia sí más si cabía y dejarla un mordisco pícaro en su bajo vientre. El muchacho clavó sobre ella su intensa mirada mientras con la nariz alzaba la ropa de Judith hasta llegar al ombligo, dejando un reguero de saliva a su paso con la lengua. A esas alturas ella ya estaba desbordada, sus mejillas ardían y sentía el cosquilleo cálido en su entrepierna. Por unos segundos alzó la mirada para observarse a sí misma en el reflejo del cristal; la gente estaba absorta en sus propios asuntos y era totalmente ajena a lo que pasaba entre Judith y aquel desconocido. Pronto la muchacha cerró los ojos sin poder reprimir un gemido de placer cuando la mano de él descendió hasta tomarla el trasero con fuerza, siguiendo hacia interior de sus muslos y aventurándose en un camino ascendente dolorosamente lento.

            “Próxima parada: Sol” sonó por megafonía en el vagón, pero Judith no escuchó nada, tan sólo el eco del bombear frenético de su corazón. La lengua del desconocido bañaba el ombligo de la muchacha entre mordiscos y húmedos besos, y finalmente la joven se estremeció entre sus brazos cuando la mano alcanzó su sexo por encima de los vaqueros, aquella leve caricia la hizo perder cualquier atisbo de cordura que a esos instantes pudiese quedarla. Ya no le importaba que pudiesen verlos ni el qué dirán; el tren frenaba cuando Judith soltó la barra sobre su cabeza y se desabrochó los pantalones. El muchacho observó el agresivo descender de la cremallera ante él, le estaba invitando a visitar su interior tras aquella lencería negra que tan provocativa le resultó. Judith se quedó atónita cuando, al abrirse las puertas del tren, el muchacho dejó un último mordisco en su vientre, se alzó y, dedicándole una última mirada, se alejó por el vagón hasta salir a las vías y ascender por las escaleras mecánicas a paso raudo. Allí, con las mejillas sonrojadas y la mirada prendada en su figura al alejarse, Judith sólo pudo pensar si volvería a verle.

2 comentarios:

  1. uff, vaya relato, excitante al maximo, me rio yo de la fama del 50 sombras de Grey...
    @eimpar

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  2. Vaya...

    RINCONES


    Un ligero vaivén me arranca
    del sueño (¿soñaba?)
    mientras oigo rechinar
    el hierro sobre los raíles.
    Otra estación,
    un rincón de mundo más.
    Las puertas, las pisadas,
    las voces, las puertas.
    Me inclino hacia delante.
    Un rincón de mundo menos.
    Fijo la mirada en el cristal
    y tu reflejo se me clava
    en los ojos y en los párpados
    que se cerraban (que vuelvo a abrir).
    Una curva suave
    me acompaña hacia la izquierda
    y a dos metros de distancia
    recorro tu perfil
    inmaculado.
    Llega la recta
    y vuelvo al cristal
    (no transmite el calor
    de tu piel,
    ni el color,
    ni el olor
    que imagino)
    antes de sentir que
    mi espalda se aprieta
    contra el asiento.
    Intuyo un movimiento
    de tus manos sobre el bolso
    y mi corazón se acelera.
    No bajes,
    te grito desde el fondo
    de mi alma.
    Y te vuelves hacia mí
    (¿me has oído?)
    mientras sacas una libreta
    que repasas distraída
    –¿te distraigo yo?–,
    y yo te leo los labios
    y el cabello,
    al ritmo del arranque del tren;
    esta vez, entregado a la inercia,
    me reclino sobre la bolsa,
    y persigo la cadena
    que se pierde entre
    tu cuello y tu vestido.
    Vuelvo al cristal:
    sigues ahí,
    escribiendo notas,
    tachando citas
    –aún no tenemos una;
    quizá la hayas borrado
    sin siquiera anotarla–
    y te miro, asustado,
    desde este lado del espacio.
    La próxima parada
    es la mía.
    ¿Bajas?
    Te pido, entre
    latidos desenfrenados,
    desde mi silencio.
    Levantas la mirada
    y (creo) medio sonríes
    mientras cierras la agenda
    y la guardas:
    me has oído,
    lo sé
    porque he intuido la respuesta
    en tu sonrisa.
    Ya se quejan las ruedas
    sobre las vías.
    Un vaivén, de nuevo, me sacude
    y (esta vez, sí) despierto.
    Me levanto y me dirijo a las puertas
    que se abren entre pisadas y voces.
    Una última mirada fugaz
    al asiento donde te amaba
    (donde nunca estás)
    y bajo al andén
    de este rincón de mundo
    en el que sueño.

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